Henry Kissinger: Una Mente Genocida

Henry Kissinger, uno de los mayores artífices e impulsores del Nuevo Orden Mundial. Pero, ¿quién es este oscuro e influyente personaje, y que propósitos realmente perseguía aquel polémico documento del Departamento de Estado estadounidense, creado bajo su dirección?


“Los expertos recomiendan que la política norteamericana, tanto interior como exterior, busque como objetivo la eliminación de unos 2.400 millones de seres humanos en los años venideros”.

“¿Debe ser el alimento considerado como un instrumento de poder nacional? Todo tipo de ayuda debe ajustarse a aquellos países que acepten las condiciones de reducir la tasa de natalidad y de buscar la estabilidad política.”

Informe Kissinger

Aquí unos cuentos datos sobre este tipo.

Retrato de un genocida pragmático:

La aprehensión y comprensión política del mundo moderno suele resultar una
tarea ímproba y engorrosa. A menudo se fracasa en el intento. Esa búsqueda
de coherencia y de racionalidad, aquella sensación de que todo carece de
sentido. Esta confusión y aquel escepticismo que alimentándose de la
impotencia espiritual programada concluyen con frases de aparente sabiduría:
el mundo es una mierda. O lo que es igual: este mundo que a mediados del
siglo XX cimentaron los nazis y en el medio siglo restantes intelectuales
como Karl Popper (1902-94) y Henry Kissinger (1923), “el alemán más poderoso
que ha existido desde la desaparición de Adolfo Hitler,” según se decía en
los años setenta.

Profesor de Harvard experto en geopolítica, Kissinger fue llamado a última
hora para sacar al imperio de los pantanos de Vietnam. Los presidentes Nixon
y Ford lo pusieron al frente del sórdido Comité de los 40, poder tras el
trono desde donde supervisó todas las actividades terroristas de Estados
Unidos en el mundo.

Frente al torpe aislacionismo de Washington, Kissinger parecía decir:
“olvídense de la ideología, de las fobias y pasiones perentorias. La
revolución es una realidad. Trabajemos con sus contradicciones. No al debate
ideológico. Sí al interés nacional, a la fuerza real de los Estados, a la
razón de Estado. Nosotros somos el sistema internacional.”

La periodista italiana Oriana Fallacci consiguió de Kissinger una frase para
el bronce: “La inteligencia no sirve para ser jefe de Estado. Lo que cuenta
en un jefe de Estado es la fuerza…” (1972). ¿A qué tipo de “fuerza” y a
qué jefes de Estado se refería el tenebroso personaje que, al conjugar
fuerza e inteligencia, se convirtió en presidente virtual de Estados Unidos?

Pensamiento que requería de .”..nervios de acero y el cerebro de un jugador
de ajedrez” (Fallacci), nutrido de Spinoza, Kant, Toynbee, Spengler y
Klemens Metternich (1773-1859), aquel enemigo del liberalismo y de los
movimientos independentistas de América hispana, jefe de la reacción
absolutista de Europa y reconstructor del orden internacional desintegrado
por la Revolución francesa.

El respeto de Kissinger por Mao Tse-Tung y por los generales vietnamitas -a
quienes nunca pudo doblegar- fue inversamente proporcional al desprecio por
quienes manejó a su antojo: jefes de la Casa Blanca, políticos del Congreso
y líderes de la ex Unión Soviética, de los países árabes y de Israel, su
identidad cultural, menos obsesiva que su identidad con el poder total.

Ahora, documentos secretos desclasificados de la CIA, en los que de puño y
letra aparece la firma del ex secretario de Estado autorizando asesinatos y
masacres en varios países del mundo, revelan lo ya sabido desde que la
prensa estadunidense informó sobre su papel .”..como responsable directo del
plan de la CIA para derrocar el gobierno de Salvador Allende” (Chicago Sun
Times, 14/9/74).

Frente al mundo que no era el suyo, Kissinger observó el desprecio absoluto.
La anécdota que aparece en El precio del poder: Kissinger en la Casa Blanca
(Summit Books, 1983), libro del periodista Seymour Hersh, lo revela tal cual
es. Al canciller chileno Gabriel Valdés dijo en 1969: “América Latina… ¿a
quién le importa eso? Nada importante puede venir del sur. El eje de la
historia pasa por Bonn, cruza hasta Washington y de aquí va a Tokio. Lo que
ocurra en el sur no tiene importancia alguna.”

Conviene preguntarse: ¿cuán distinto fue el pensamiento de Kissinger frente
al de quienes aniquilaron a sus parientes en los campos de concentración de
Alemania, obligando a su familia a buscar refugio en Estados Unidos (1938)?
Asignatura pendiente.

A fines del mes pasado, invitado por la UNESCO, el ex secretario de Estado
estuvo en París como presidente del jurado del Premio Houphouet-Boigny,
nombre que evoca al sátrapa que fue seis veces presidente de Costa de Marfil
(1960-1993). Recordemos que el día de la proclamación de la independencia
del país africano, Houphouet-Boigny exclamó una frase a la medida de
Kissinger: “No decimos adiós a Francia, sino hasta luego.”

El galardón se lo llevó Mary Robinson, alta comisionada de Derechos Humanos
de las Naciones Unidas, quien aceptó el premio de manos del genocida.
Obviamente a la señora Robinson no se le ocurrió rechazarlo, siguiendo el
ejemplo ético del vietnamita Le Duc Tho el día en que supo que debía
compartir el Premio Nobel de la Paz con Henry Kissinger, genocida de su
pueblo (1973). ¿Para qué? ¿Acaso el mundo no es como dijimos?

Bueno, a veces el mundo no es como parece. Así, cuando al terminar la
ceremonia Kissinger regresó al hotel Ritz, se encontró con policías de la
brigada criminal de París que le entregaron una citación del juez Roger Le
Loire para que se presentara en el Palacio de Justicia.

Al juez Le Loire le interesaba saber si el todopoderoso señor del genocidio,
la tortura y los asesinatos en el Cono Sur de los años setenta, podía
arrojar datos sobre el destino de cinco franceses que desaparecieron en
Chile, víctimas de la operación Cóndor. Kissinger huyó de París y se
convirtió en prófugo de la justicia francesa.

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